COMO PASAR DE LA EXIGENCIA A LA EXCELENCIA

Por Bárbara González 

Autocrítica y constancia son dos insignias que abanderan la búsqueda humana de la perfección, pero hay que ser cauto. En este ejemplo, los medios son encomiables pero el fin, la obsesión por alcanzar lo inmejorable, es peligroso y puede quebrar el equilibrio emocional. El perfeccionista sólo piensa en la meta, no en el camino. 

“Lo bueno nunca es suficiente”. Bien podría ser el lema de un perfeccionista, el mantra que lo atrapa en un ciclo interminable de vano esfuerzo desmesurado. Piensa que las cosas no salen y ello desencadena inevitablemente en un bucle de argumentos contra él mismo, minando su autoestima. 

Los perfeccionistas no sienten valor por ser quienes son, sino por hacer y tener. Como no se aprueban a sí mismos, buscan la aprobación de los demás. Identifican lo que hacen con lo que son y no somos lo que hacemos ni lo que tenemos, somos lo que somos, perfectos y completos sólo por existir. 

Para las personas perfeccionistas, desconectar del trabajo es misión imposible, pues nunca dan las tareas como válidas. Chocan y chocan, y se queman con su desempeño profesional. Incapaces de aceptar que nunca alcanzarán la perfección, esto les genera discusiones y conflictos fuertes con los demás, y es frecuente que utilicen estrategias de huida, como dejar relaciones o trabajos, cuando surge una dificultad. Sin embargo, ese habitual abandono, lejos de eliminar el problema, los acumula y acrecienta la sensación de insatisfacción y frustración. 

“Estoy ocupado”. Los perfeccionistas siempre lo están. Su alto sentido de la responsabilidad hace que sean incapaces de decir no, de rechazar propuestas de amigos, familiares y compañeros. Se cargan de infinitas tareas, se rodean de ruido para no escucharse, pero sin ser conscientes están abriendo la puerta a la inconsciencia, es decir, no ser conscientes de la vida que acontece porque son incapaces de verlo. 

Iniciaba hablando de autocrítica y constancia como medios para alcanzar la perfección, pero cambiemos el término por otro, mucho más adecuado. Excelencia. Ese sí es un objetivo alcanzable. Implica también, obviamente, hacer las cosas lo mejor posible, pero no desde la imposición, desde la obsesión, sino desempeñando nuestros cometidos fluyendo, y también disfrutando. Porque ¿qué sentido tiene acabar nuestra misión, echar la vista atrás y no ser capaz de saborear las decisiones tomadas, alegrarse por la colaboración recibida y sentirse orgulloso del esfuerzo realizado? En ese proceso radica la excelencia, y no en la utopía de lograr un resultado perfecto. 

Una persona excelente disfruta del camino no solo del resultado. Saborea la vida y no solo se centra en llegar a la meta.